El mundo que depende de Ormuz ya no es el de los años 70
La ventana no está garantizada: exige infraestructura, financiamiento y previsibilidad. Allí reside la dimensión estratégica: no como promesa aislada de riqueza hidrocarburífera, sino como condición posible de inserción argentina en el nuevo mapa productivo de la inteligencia artificial.
“Tendemos a explicar el futuro con lo que ya vimos”, advierte Nassim Nicholas Taleb en El cisne negro. Esa inercia también opera en la geopolítica: seguimos leyendo los cuellos de botella energéticos con categorías del siglo XX, mientras la economía actual se organiza sobre infraestructuras más interdependientes, intensivas y vulnerables.
El Estrecho de Ormuz continúa siendo un punto crítico para el mercado petrolero, pero su relevancia ya no se limita al crudo. En un mundo atravesado por la expansión de la inteligencia artificial, la energía se vuelve una condición estructural de competitividad. El problema no reside solo en innovar, sino en sostener sistemas que procesan datos, entrenan modelos, fabrican semiconductores y dependen de cadenas logísticas expuestas a tensiones geopolíticas.
La IA suele pensarse desde el software, los algoritmos y la automatización. Sin embargo, su despliegue exige electricidad abundante y competitiva, centros de procesamiento de alta demanda, chips avanzados, minerales críticos, gases industriales, redes de transmisión y estabilidad de suministro. Allí aparece una paradoja decisiva: la frontera tecnológica avanza más rápido que los sistemas energéticos e industriales que la hacen posible.Hoy el Estrecho de Ormuz ya no es solo un chokepoint petrolero, es un punto de presión de la economía digital: la mayor apuesta de la historia moderna.
Las grandes plataformas (Microsoft, Alphabet, Amazon, Meta y Oracle) proyectan inversiones en infraestructura de IA para 2026 del orden de los u$s 680bn, monto equivalente al PBI argentino, en solo un año y duplicando la inversión del año previo. Semanas atrás un reporte de Global McKinsey Institute identificólas “arenas” estratégicas (vinculadas con IA, software, comercio digital, semiconductores y vehículos eléctricos), las cuales cuentan con potencial para generar hacia 2040 ingresos anuales de hasta u$s48tn, monto equivalente al PBI de EEUU y China juntos en el 2024.
El contraste con la inversión energética es revelador. Según la Agencia Internacional de la Energía, la inversión global en energía alcanzó en 2025 unos u$s3,3bn. Mientras la IA muestra una trayectoria exponencial, que en 2026 podría estar superando a toda inversión en energía. la expansión energética mantiene ritmos más lineales, condicionados por permisos, redes y tiempos de construcción. Si esta divergencia persiste, la restricción principal dejará de estar en la innovación algorítmica y se desplazará hacia el suministro energético y logístico.
La propia AIE estimó que los centros de datos representaron alrededor del 1,5% del consumo eléctrico mundial en 2024 y que podrían duplicar su demanda hacia 2030. En ese escenario, el gas natural conserva un rol relevante como respaldo flexible para sistemas eléctricos tensionados por consumos digitales intensivos. La energía no es un insumo lateral de la IA: es una condición de posibilidad.
A esa dimensión se suman los materiales críticos. El helio resulta ilustrativo: su uso en procesos asociados a semiconductores avanzados muestra que la cadena de valor de la IA depende de insumos difíciles de sustituir. Además, su producción está vinculada al procesamiento de gas natural mediante separación criogénica, una operación compleja, costosa y logísticamente exigente.
La concentración geográfica incrementa la vulnerabilidad. Qatar representa una porción significativa de la producción mundial de helio, mientras economías tecnológicas como Corea del Sur dependen en gran medida de ese suministro. Algo similar ocurre con los semiconductores avanzados: Taiwán y Corea del Sur concentran gran parte de la producción de chips de última generación, y ASML mantiene una posición decisiva en equipos de litografía ultravioleta extrema. La cadena global de la IA ya no puede organizarse solo bajo el principio de eficiencia.
En este contexto, Vaca Muerta adquiere una relevancia que excede la agenda energética argentina. No se trata solo de gas, petróleo, o derivados energéticos. Se trata de una oportunidad para estar en el centro del tablero de una plataforma de la nueva economía de la inteligencia artificial desde una ventaja sistémica: disponibilidad de gas, generación eléctrica competitiva, escala de recursos, cercanía a minerales estratégicos y margen para construir infraestructura industrial asociada.
La competencia global por la IA se definirá en territorios capaces de ofrecer energía firme, infraestructura confiable y reglas para inversiones de largo plazo. Argentina puede convertirse en una pieza de esa arquitectura si la Argentina articula política energética, infraestructura, estabilidad macroeconómica, planificación industrial y diplomacia tecnológica.
La ventana no está garantizada: exige infraestructura, financiamiento y previsibilidad. Allí reside la dimensión estratégica: no como promesa aislada de riqueza hidrocarburífera, sino como condición posible de inserción argentina en el nuevo mapa productivo de la inteligencia artificial.
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